LAS AVENTURAS DE BÁRBARA PLOIA: PERIODISTA PELIRROJA
AUTOR: SANTIAGO
GJURATOVICH
Bárbara Ploia, joven
prodigio del periodismo, graduada con notas perfectas en solo tres años,
pelirroja natural y orgullosa de serlo, se estaba muriendo de hambre.
Literalmente, hacía cinco días que no comía. Ya había vendido todo lo que tenía
menos la ropa que llevaba puesta, un pañuelo descartable y una bolita. La plata
que le darían por todas esas cosas no le alcanzaría para comprarse ni una feta
de mortadela.
Nuestra heroína era
una mujer atractiva y joven, con cara de supermodelo y unos pechos enormes que,
contra todo pronóstico, eran naturalmente suyos. Sus largos cabellos rojos y enrulados llamaban la atención casi tanto como sus ropas
que, de tanto lavarlas en diversos baños públicos, se estaban deshaciendo a
pedazos. Se las arreglaba para caminar con
un par de botas a las que solo le quedaba medio tacón.
Estaba ella frente a
la sede de uno de los diarios más importantes del país, el único del que no la
habían echado todavía. Si no conseguía trabajo ahí, aunque fuese como
secretaria, tendría que volver a casa de su madre. Volver a casa de su
madre implicaba tener que escucharla a
esta diciendo cosas como “tendrías que sentar cabeza”, “la hija de la vecina estudió
de maestra y le va re bien” o, suponiendo que fuese especialmente desafortunada
“saliste igual a tu padre”. No, pensándolo mejor, si no conseguía trabajo ahí
se moriría de hambre.
Bárbara Ploia puso su
mejor cara de entrevista, se arregló como pudo con nada y entró al edificio con
paso decidido. La hicieron esperar más de una hora en un banco duro como la
piedra, mientras escuchaba el incesante ruido de hombres y máquinas trabajando
juntos. Finalmente, una voz gruesa la
llamó desde una habitación oscura, al final del pasillo.
Lo primero que notó
fue que la habitación era pequeña, lo segundo, que se mantenía oscura a fuerza
de humo de cigarrillos. El hombre tras el escritorio tendría cerca de cincuenta
años, estaba completamente pelado y pretendía fumar todos los cigarrillos de un
atado al mismo tiempo.
-Buenos días,
señorita Ploia- La saludó cuando entró- He oído mucho sobre usted.
-Cosas buenas,
espero.- Se atrevió a decir la joven
periodista. La cosa pintaba bien, la conocían de antes, la recibían en una
oficina en vez del pasillo…
-Nada bueno, no-
Respondió honestamente el fumador.- a no ser que todos esos rumores sobre
despidos constantes le parezcan algo bueno.
La sonrisa de Bárbara murió antes de nacer. Bajó
los brazos, que había levantado en un gesto repentino y exhaló un largo, cansado
suspiro.
-si me permite
explicarle- comenzó ella en tono suplicante.
-ya conozco las
historias, señorita- Le cortó él otro.- Supuestamente, en sus trabajos
anteriores sus jefes han tratado de aprovecharse de usted. Resulta inverosímil
que haya ocurrido semejante cantidad de veces pero ¿sabe algo? a mí no me
importa.
La periodista intentó
decir algo, lo que fuera, pero el otro la cortó con un gesto
-Déjeme terminar,
señorita. No crea que el suyo es un caso especial, no me importa nada de mis
empleados, absolutamente nada, salvo una cosa: Ver si pueden conseguirme una
noticia interesante.
Se calló unos
momentos, dejando que se sintiera el impacto de sus últimas palabras. La mujer
no estaba segura de que decir, así que no decía nada.
-Le haré una prueba- Continuó
el hombre- Es la misma que le hago a todos mis empleados. Tendrá veinticuatro
horas exactas (ni un minuto más) para traerme una noticia, lista ya para
aparecer en primera plana en caso de que la considere merecedora de ello. Si
esa noticia es interesante, es original, es fresca, ¡la contrataré y la
mantendré trabajando para mí hasta el día que muera!
Bueno, aquello
ciertamente no era lo que Bárbara había estado esperando, pero era,
literalmente, su última oportunidad, así que la aceptó muy agradecida.
Cinco minutos más
tarde estaba de nuevo en la calle, preguntándose de donde podría sacar una
noticia. El hombre había dejado bien en claro que no serviría una noticia
cualquiera. Necesitaba algo que llamara la atención como ninguna otra cosa,
algo único.
Bárbara Ploia cerró
los ojos con fuerza y trató de concentrarse. Se esforzó por ignorar el ruido de
la ciudad, de la gente, los autos, las bocinas, los disparos, las explosiones.
Un día perfectamente aburrido y normal, nada que valiera la pena mencionar.
Tenía que recordar su
entrenamiento y mantenerse firme, no podía dejarse distraer por cosas sin
importancia. Seguro, el robo a mano armada que parecía estar produciéndose en
el banco de enfrente podía parecer interesante, pero quizás no fuera suficiente
para complacer a su jefe. Las explosiones tenían mejores posibilidades en ese
sentido, pero no había indicio alguno sobre su origen. Por mucho que quisiera
investigar esas cosas, no tenía tiempo suficiente para hacerlo como era debido.
Una noticia rápida,
algo que no le llevara demasiado tiempo. Algo escandaloso de ser posible, la
gente siempre lo encuentra interesante. De ser posible, convendría que fuera
algo para lo que no tuviese que recurrir a la policía: La noticia de un caso en
progreso era solo media noticia y la gente se aburría con facilidad de los
testimonios policiales.
El tiempo corría.
Casi podía sentir el tic-tac de un reloj invisible junto a su oído. Necesitaba
tomar una decisión y pronto, de ella dependería la totalidad de su futuro. Se
imaginó a si misma como la protagonista de alguna de aquellas viejas novelas
juveniles con múltiples finales. Ese era el punto en que se le informaba al
lector: “Si querés investigar el asalto al banco pasá a la página cincuenta y
cuatro, si te interesa averiguar el origen de las explosiones pasá a la página
treinta y siete”
Bárbara pasó a la
pagina dieciséis. Quiero decir, que eligió una tercera opción. Una tercera
opción no muy brillante, pero dadas las circunstancias, no era posible saber si
era mejor o peor que las otras. Con paso decidido Bárbara Ploia se acercó a un
hombre que contemplaba inocentemente el cerco policial alrededor del banco, lo
agarró por el cuello y le habló en tono autoritario, firme.
-¡Déme una noticia!-
le gritó en realidad en un tono autoritario y firme.
El hombre, que se
veía bastante pálido por el susto y quizás estuviese teniendo algunas pequeñas
dificultades para respirar, la miró con ojos incrédulos. Cuando comprendió que
no iba a dejar de estrangularlo torpemente hasta que respondiera, habló como
pudo.
-Están robando el
banco
Fue un buen intento,
la verdad, uno pensado para satisfacer a personas razonables en circunstancias
razonables. Lástima que ni aquella periodista ni sus circunstancias de entonces
tuviesen nada de razonable. La mujer presionó más fuerte al hombre con la
mirada… y también con las manos en torno al cuello, accidentalmente claro está.
-Hubo un choque en
cadena frente al hospital, hay muertos.-Trató el pobre hombre.
Eso tampoco servía.
-¿Hay una… exposición
de gatitos?- trató sin demasiada confianza y la presión en su cuello se
incrementó- ¡Pará no me mates! Dicen que el director de la exposición tiene
tratos criminales con la mafia- De más está decir, que esto último era
totalmente inventado ¡Pero sonaba tan interesante!
La mujer ni siquiera
fue consciente de soltarlo, ni se dio cuenta cuando el tipo salió corriendo.
-Conseguiré esa
noticia- Se dijo decidida, en voz alta, mientras una docena de personas la
miraba- Y cuando lo haga me contratarán y me pagarán. Entonces usaré ese dinero
para comprar comida y ¡al fin comeré de nuevo!- No pudo evitar reír con todas
sus fuerzas, haciendo que la gente se
alejara lo más pronto posible de semejante demente.
Fue fácil encontrar
el lugar de la exposición para una periodista tan capacitada. Los brillantes
carteles de neón ayudaron bastante. El sonido de miles de maullidos
simultáneos, tan ruidosos que se oían a varias cuadras de distancia, aún sobre
el ruido de las explosiones, fue otro factor importante. El hecho de que estuviese
rodeada de periodistas hambrientos de noticias resultó, en cambio, una
sorpresa.
Aparentemente, todos
habían estrangulado al mismo viejo, quiero decir, todos habían tenido la misma
brillante idea. Eso, o todo el personal competente estaba entretenido con el
asalto al banco y habían mandado acá al resto. Parecía que no dejaban entrar a
nadie, lo que significaba que, si ella lo lograba de algún modo, obtendría una
primicia.
Los guardias eran
tipos duros, más semejantes a gorilas que a un ser humano en su apariencia. Su
sola presencia mantenía alejados al resto de los periodistas, que los
observaban con desconfianza. Tenían unas armas enormes, de aspecto tan
amenazante como el de sus dueños. Si eso que se veía en el suelo eran marcas de
bala, quedaba probado que no dudaban en disparar. Eran, lo bastante idiotas
como para obedecer ciegamente sur ordenes, aunque lo bastante listos como para
jalar del gatillo.
Bárbara Ploia observaba con detenimiento el
edificio de la exposición de gatitos, buscando alguna debilidad, algún punto de
acceso que no estuviese tan fuertemente resguardado. Estaba tan concentrada que
no se dio cuenta de que alguien la llamaba agitando los brazos y gritando su
nombre. O Prefería fingir que no lo
notaba, a fin de que no la asociaran con un individuo tan ruidoso. No quería,
no podía causar una mala impresión a esa altura del asunto.
Pero el hombre que la
llamaba, un joven rubio con cara de idota, fue de lo más insistente. Tan
insistente que, contra toda probabilidad, logró abrirse paso entre la multitud
y llegar hasta ella.
-¿No me conoces?-
Preguntó- Soy yo Benja ¡Fuimos juntos al colegio!
Bueno, Bárbara ya no
podía seguir fingiendo distracción, no sin alegar demencia al menos. Tal vez
aquel viejo conocido, del que no recordaba demasiado, pudiera contarle un poco
de que se trataba todo aquello. Qué raro, le parecía que el otro no había estudiado
periodismo, pero su memoria podía fallar.
-¡Benjamin!- le llamó
por su nombre completo- No te había visto ¿Cómo andás?
El otro dijo
encontrarse bastante bien, se había graduado como periodista hacía poco y esa
era ya su tercera noticia de cierta importancia. Bárbara resistió el deseo de
matarlo ahí mismo, como una persona civilizada y lo felicitó por su éxito. Se
enteró de que la mal llamada exposición no estaba abierta al público en
general, sino solo a un selecto grupo de amantes de los gatos. Sólo era posible entrar si estabas en la
lista y era esa una lista increíblemente corta.
Por supuesto, la
prensa esperaba afuera para interrogar-entrevistar, quiero decir- a quien
quiera que saliese del edificio tan pronto lo hiciera, pero no podrían obtener
información directa.
Eso no iba a
resultar. Necesitaba más información de la que pudieran darle un testigo, tenía
que conocer los detalles más oscuros, más secretos, más incriminantes de lo que
allí sucedía. Necesitaba entrar y tenía un plan.
-tomó aire y gritó a
todo pulmón- ¡técnica periodística: doble distracción!- Con eso consiguió que
todos la miraran, bien. Señaló a un punto a sus espaldas y gritó otra vez-
¡Miren! ¡Un ovni!-
Mientras los
periodistas muertos de aburrimiento se daban vuelta para ver, Bárbara Ploia
arrojó una bolita al aire, a plena vista de los guardias. Estos no pudieron
evitar seguir con la mirada aquel pequeño objeto brillante y ella aprovechó
para entrar pasando por el pequeño hueco entre ellos. Aquello no fue tan
difícil, puesto que a esta altura ella era casi toda piel y huesos, muy
compacta, por así decirlo.
Estaba adentro.
El sonido de los
maullidos se intensificó hasta volverse demencial; Demencial para alguien
cuerdo. Los animales estaban todos
encerrados en jaulas pequeñísimas, en condiciones que pondrían de un humor
bastante homicida a los de la sociedad protectora de animales. Bárbara tomó
nota de esto y sacó algunas fotos, con una cámara que había logrado robar antes
de entrar. ¿Dije robar? Quise decir que la había tomado prestada y que la
devolvería tan pronto y como tuviese dinero para una propia, o cuando le diera
gana.
No se veía mucha
gente, pero de todos modos convenía avanzar con cautela, para no alertar a
nadie de su presencia. Recorrió los largos pasillos con pasos rápidos pero
silenciosos. Tuvo oportunidad de observar a uno o dos de aquellos amantes de
los gatos, pero, puesto que no estaban haciendo nada interesante, no se acercó
a ellos. Lo que quería era encontrar al líder con las manos en la masa, o mejor
aún, conseguir pruebas de sus actividades delictivas.
De pronto se oyó un
grito más agudo aún que los maullidos de los gatos.
-¡Técnica secreta:
Patada de secretaria!- y donde segundos antes había estado la cabeza de
Bárbara, ahora solo quedaban los restos derrumbados de una pared de concreto.
Dicha pared de concreto había sido demolida de una patada por una secretaria,
una joven secretaria que no debería haber sido lo bastante fuerte para eso.
Pensándolo bien, nadie debía ser lo bastante fuerte para eso.
La secretaria,
pequeña y con anteojos enormes, se sacudió los escombros de encima sin ninguna
dificultad
-¡Identifíquese!-
Ordenó al tiempo que sacaba una pluma de su bolsillo y la sostenía en actitud amenazante. Algo
bastante difícil de hacer con una pluma.
Ante semejante susto,
nuestra heroína no pudo menos que sacar pecho y decir-¡Bárbara Ploia:
Periodista pelirroja!
-No se permite la
entrada a periodistas- explicó la secretaria sin sonreír, ni parpadear, ni
mover el rostro más allá de lo mínimo necesario.
-Yo…, eh, no sabía-
Mintió Bárbara mientras se alejaba lentamente de la secretaria sin darle la
espalda, nunca más le daría la espalda a una secretaria.
-No puede irse- La
detuvo dicha secretaria.
-o sea que, ya que
estoy adentro ¿puedo quedarme?
Esta vez la
secretaria si que sonrió, mostrando todos los dientes como un animal salvaje. –O
sea- empezó a decir al tiempo que intentaba disminuir la distancia entre ellas-
¡Que no puedo dejar que salgas con vida!
Bárbara ya había
echado a correr mucho antes de que la otra terminara su pequeño discurso. ¡Secretarias!
siempre parloteando. Aunque había que admitirlo, era la primera vez que la
periodista se encontraba con una secretaria capaz de romper el concreto sin
ayuda mecánica.
No tuvo demasiado
tiempo para sacar fotos o tomar notas, desesperada como estaba por salvarse. Lo
único que tenía a su favor, era que la otra siempre anunciaba sus ataques a los
gritos. Debía de ser cosa de
secretarias. Nadie se interpuso en su desesperada carrera por la vida,
probablemente estuvieran todos reunidos planeando algún tipo de acto criminal.
Necesitaba librarse de su perseguidora y pronto.
Un callejón sin
salida. La pared a sus espaldas, las jaulas con gatitos llorones a ambos lados
y de frente, hay venía la muerte vestida de secretaria. Hubo un nuevo grito y
una nueva patada, pero la periodista los vio venir y pudo esquivarlos, aunque
solo fuera por unos centímetros. La segunda patada la estrelló contra una de
las paredes laterales, y le hizo sentir que todos sus huesos estaban rotos. Tal
vez lo estuvieran en serio.
-Nadie nunca había
logrado esquivar mi patada dos veces- Dijo la secretaria en un tono
extrañamente respetuoso, casi reverencial.-Por eso, como muestra de mi respeto
por tus habilidades, te ¡ejecutaré con mi técnica suprema!
Bárbara sabía que
tenía que correr, pero no podía moverse. No le quedaban ya más fuerzas para
resistir. Si tan solo hubiese podido comer algo esa mañana, o la mañana
anterior a esa, tal vez no hubiese estado tan débil.
La secretaria lo
sabía y por eso no tuvo en ningún apuro. Revisó tranquilamente sus bolsillos y
extrajo de ellos algo que la periodista no llegó a ver.
-¡Técnica asesina:
Escritura de la muerte!- Gritó esta vez.
Y arrojó plumas,
cientos, quizás miles de plumas contra el cuerpo inmóvil, de Bárbara. Las
arrojó sin mirar, o tenía muy mala puntería, puesto que el ataque pareció matar
más gatitos indefensos que periodistas. De hecho, aya que no se estaba
muriendo, la periodista en cuestión no pudo evitar pensar que no le había dado
en ningún órgano vital. Tenía razón, pero de todos modos dolía muchisimo.
Nunca se le hubiera
ocurrido pensar que una pluma pudiese incrustarse tanto en su carne, que la
tinta pudiera hacerla sufrir tanto al mezclarse con su sangre. Los gatitos
maullaban, furiosos ahora, sedientos de venganza.
Bárbara Ploia tenía,
una vez más, un plan. Se sacó una pluma que se le había clavado en el brazo, no
sin gemir de dolor, para luego empezar a
abrir con ella las jaulas de los gatos. Su oponente parecía demasiado contrariado
por su mala puntería como para tratar de detenerla. Fue un error de su parte.
Los gatitos maullaron
ominosamente, estirando los músculos a toda prisa, sacudiéndose de encima la
sangre de sus muertos. Rodearon a la secretaria sin prisa ni piedad. Sus ojos
pequeños ya no resultaban tan tiernos, no a esa distancia, no en tal cantidad.
Saltaron como uno y como uno clavaron en la secretaria sus dientes y sus
garras.
-¡Ah, quítenmelos,
quítenmelos!- Gritó ella desesperada, al tiempo que trataba inútilmente de
luchar.
-¡Destrúyanla mis
sirvientes!- Ordenó la periodista
- No somos tus
sirvientes- Se quejó uno de los gatitos, que miraba la masacre junto a ella.
Bárbara Ploia, demostrando
una habilidad casi sobrehumana, retrocedió cinco metros de un salto.
-No somos tus
sirvientes-Insistió el gatito en cuanto la periodista se hubo calmado un
poco-Pero te debemos un favor por liberarnos. El hombre al que estás buscando
se oculta en una habitación que él cree
segura, en el extremo norte del edificio. Sus enemigos han colocado bombas en
toda la ciudad, con la esperanza de causarle algún daño. Si llegás hasta él,
podrás extraerle tu noticia como te plazca.
La periodista Ya se estaba alejando cuando oyó que el gatito
la llamaba de nuevo.
-Dos cosas me quedan
por decir, Bárbara Ploia. Primero, con esto quedamos a mano, no intentes
cobrarnos más favores.-Movió la cola con furia al decir eso y realizó un gesto
bastante comunicativo con sus garras-Segundo, periodista, no estás yendo hacia
el norte, sino hacia el sur. Vas en la dirección contraria.
Bárbara le agradeció
a los gatitos por su ayuda y salió corriendo, esta vez si en la dirección
correcta. Mientras más pronto terminara con esto, más pronto podría recuperar
la cordura. Todo el mundo parecía estar loco ese día, nunca había odio hablar
de nadie que, para matar a una persona, pusiera bombas en toda la ciudad.
La periodista se
desvió un poco un par de veces, las explosiones, cada vez más cercanas, habían
derrumbado algunas partes del edificio. El hambre y el cansancio, sumados a un
sentido de la orientación realmente malo, la demoraron por más de media hora.
Finalmente, llegó a
su destino. La puerta que le bloqueaba el paso hubiese parecido más apropiada
para la bóveda de un banco que para una oficina improvisada. Un par de gorilas,
casi idénticos a los de afuera, yacían muertos a ambos lados, semisepultados bajo una montaña de escombros. A juzgar por el
grado de destrucción en el área, ahí también habían explotado varias bombas. Solo
que no habían sido suficientes para derribar la puerta. Sin embargo, esta estaba
tan fuertemente que, si algo más la golpeara podría caerse, algo como…
-¡Patada de
secretaria!-Co ese grito volvió a entrar en escena la secretaria, tratando
nuevamente de pulverizar a Bárbara de una patada.
Nuestra noble heroína,
cansada como estaba, no pudo esquivar del todo el ataque, la fuerza del cual la
tiró a la habitación cerrada, a través de la puerta blindada.
Lo primero que notó
fue que su objetivo estaba muerto, tirado en el piso, decapitado. Algún asesino
había alcanzado al organizador de la exposición de gatitos antes que ella. No
tendría su noticia. Iba a morir. Aunque al menos tendría una muerte digna, si
es que “asesinada por una secretaria sobrehumana” puede considerarse una muerte
digna.
La secretaria entro
lentamente en la habitación. No le había ido muy bien en su pelea con los
gatitos, su cuerpo entero estaba bañado en sangre, principalmente la propia. Había
perdido un brazo, el izquierdo y una herida enorme le recorría el estómago. Había
tratado lo que podía con lo que tenía, principalmente papel de oficina y cinta adhesiva.
No se veía nada feliz.
Ante la cercanía de
la muerte, Bárbara Ploia creyó oír una voz que le hablaba
-¡No te rindas!- Le
dijo la vos- ¡No Cuando estás tan cerca de lograrlo!
-¿Quien sos?- Preguntó
Bárbara en voz alta. Se lo preguntó a la vos, pero la secretaria, pensando que
se dirigía a ella, empezó un largo monólogo sobre la historia de su vida.
-Soy tu estómago Bárbara-Respondió
la voz- Tu pobre estómago vacío. Pensá en cuando fue la última vez que comimos
algo, o que dormimos bajo techo, o que vimos siquiera una moneda. Sacá fuerzas
de tu dolor, de tu hambre, ¡de tu periodismo! Tenés que haber aprendido algo en
la facultad que pueda sacarte de esto. No pierdas la esperanza, podemos
encontrar toda clase de documentos escondidos en este lugar ¿Por qué si no lo
tendrían bajo llave? Mientras tengamos alguna prueba, tendremos una noticia.
Bárbara Ploia
recordaría por siempre que su estómago era más optimista que ella.
Reaccionó, sacaría
fuerzas de donde hiciera falta, ya estaba acostumbrada. La secretaria seguía
hablando de su vida, explicando cómo, legalmente, se había cambiado el apellido
a “secretaria” como signo de compromiso con su trabajo. Seguía respondiendo al “quien”
¿Quien? ¡Era eso, con eso podría salvarse!
Desde su lugar en el
suelo, Bárbara Ploia gritó
-¡Técnica periodística:
Las cinco preguntas!
La secretaria se calló
y se quedó un rato mirándola sin saber qué hacer. Antes de que pudiera
recuperarse, sufrió un nuevo ataque
-¿Qué?- Gritó, o más
bien tosió, la periodista
-¿Qué que?- Quiso
saber la secretaria
-¿Qué te pasó? Estás
más muerta que viva
Y de nuevo se puso a
hablar, explicando que los gatitos habían sido alterados genéticamente como parte
de un proyecto para crear armas biológicas, que eran por eso mucho más
agresivos y peligrosos… Y la periodista, sin creer su suerte, lo estaba
grabando todo.
-¿Dónde se llevó a
cabo la investigación? ¿Cuándo comenzaron el proyecto? ¿Qué esperaban ganar de
todo esto?
Con ese triple combo
de preguntas clave, la secretaria quedó abrumada y ya no pudo hacer más que
responder y explicar, mientras la periodista lo registraba todo. El único
problema, era que Bárbara Ploia seguía sin poder moverse del suelo, ya no le
quedaban más preguntas y algún día la otra se quedaría sin información. Un
ataque como ese no funcionaría una segunda vez.
Ocurrió antes de lo
esperado, la secretaria reaccionó de repente y vio la grabadora. Saltó
empuñando una pluma, afilada, letal. Era demasiado rápido, no había nada que pudiera
hacerse, no había forma de salvarse.
El sonido de un
disparo, luego otro y otro más. Seis en total, todos dieron en el blanco. La
secretaria cayó al suelo y se quedó ahí. Benjamín estaba en la puerta, con el revólver
en la mano aún humeante.
-Pero ¿Qué? ¿Cómo?-
Empezó a preguntar Bárbara Ploia, que a esta altura, no entendía nada.
-¿De verdad no te
acordás de mí Bárbara?- Quiso saber el hombre- Siempre te dije que quería ser policía.
Estaba trabajando encubierto para conseguir evidencia con la cual arrestar a
ese tipo-Señaló el cadáver en el suelo- Aproveché para entrar cuando
distrajiste a los guardias.
¡Ahora lo recordaba!
El idiota de Benjamín siempre la cargaba, así que no se había esforzado mucho
por recordarlo. Se había alegrado de que estudiara una carrera distinta que la
suya. Al menos eso debería haberlo recordado. Pero solo importaba una cosa,
Benjamín creía que eran amigos y estaba en la policía ¡Podía exprimirle más
información para su noticia!
Así, la secretaria
fue capturada, Bárbara Ploia consiguió su noticia y su trabajo, donde tendría
muchas más aventuras como esta, muy a su pesar. Tenía trabajo, dinero y hasta
podía dormir en la oficina. Todo estaba bien excepto que…
En una isla a mitad
del pacífico, empleada como prisión para los más terribles elementos de la
sociedad, se escuchó un grito
-¡Patada de
secretaria!
Y el concreto se
rompió una vez más y bajo la luz de la luna, una secretaria juró que obtendría
su venganza. Algún día, cuando fuese más fuerte, ella y aquella periodista
volverían a encontrarse.
FIN.