martes, 29 de mayo de 2012

Prestando atención en clase.

Bueno, este loco e irracional texto surgió, no por una distracción durante griego, sino de una idea que se me ocurrió mientras hacía los ejercicios de declinación. Espero que les guste y que no se lo tomen demasiado en serio.

LAS AVENTURAS DE BÁRBARA PLOIA: PERIODISTA PELIRROJA

AUTOR: SANTIAGO GJURATOVICH

Bárbara Ploia, joven prodigio del periodismo, graduada con notas perfectas en solo tres años, pelirroja natural y orgullosa de serlo, se estaba muriendo de hambre. Literalmente, hacía cinco días que no comía. Ya había vendido todo lo que tenía menos la ropa que llevaba puesta, un pañuelo descartable y una bolita. La plata que le darían por todas esas cosas no le alcanzaría para comprarse ni una feta de mortadela.

Nuestra heroína era una mujer atractiva y joven, con cara de supermodelo y unos pechos enormes que, contra todo pronóstico, eran naturalmente suyos.  Sus largos cabellos rojos y enrulados  llamaban la atención casi tanto como sus ropas que, de tanto lavarlas en diversos baños públicos, se estaban deshaciendo a pedazos.  Se las arreglaba para caminar con un par de botas a las que solo le quedaba medio tacón.

Estaba ella frente a la sede de uno de los diarios más importantes del país, el único del que no la habían echado todavía. Si no conseguía trabajo ahí, aunque fuese como secretaria, tendría que volver a casa de su madre. Volver a casa de su madre  implicaba tener que escucharla a esta diciendo cosas como “tendrías que sentar cabeza”, “la hija de la vecina estudió de maestra y le va re bien” o, suponiendo que fuese especialmente desafortunada “saliste igual a tu padre”. No, pensándolo mejor, si no conseguía trabajo ahí se moriría de hambre.

Bárbara Ploia puso su mejor cara de entrevista, se arregló como pudo con nada y entró al edificio con paso decidido. La hicieron esperar más de una hora en un banco duro como la piedra, mientras escuchaba el incesante ruido de hombres y máquinas trabajando juntos.  Finalmente, una voz gruesa la llamó desde una habitación oscura, al final del pasillo.

Lo primero que notó fue que la habitación era pequeña, lo segundo, que se mantenía oscura a fuerza de humo de cigarrillos. El hombre tras el escritorio tendría cerca de cincuenta años, estaba completamente pelado y pretendía fumar todos los cigarrillos de un atado al mismo tiempo.

-Buenos días, señorita Ploia- La saludó cuando entró- He oído mucho sobre usted.

-Cosas buenas, espero.- Se atrevió a decir  la joven periodista. La cosa pintaba bien, la conocían de antes, la recibían en una oficina en vez del pasillo…

-Nada bueno, no- Respondió honestamente el fumador.- a no ser que todos esos rumores sobre despidos constantes le parezcan algo bueno.

 La sonrisa de Bárbara murió antes de nacer. Bajó los brazos, que había levantado en un gesto repentino y exhaló un largo, cansado suspiro.

-si me permite explicarle- comenzó ella en tono suplicante.

-ya conozco las historias, señorita- Le cortó él otro.- Supuestamente, en sus trabajos anteriores sus jefes han tratado de aprovecharse de usted. Resulta inverosímil que haya ocurrido semejante cantidad de veces pero ¿sabe algo? a mí no me importa.

La periodista intentó decir algo, lo que fuera, pero el otro la cortó con un gesto

-Déjeme terminar, señorita. No crea que el suyo es un caso especial, no me importa nada de mis empleados, absolutamente nada, salvo una cosa: Ver si pueden conseguirme una noticia interesante.

Se calló unos momentos, dejando que se sintiera el impacto de sus últimas palabras. La mujer no estaba segura de que decir, así que no decía nada.

-Le haré una prueba- Continuó el hombre- Es la misma que le hago a todos mis empleados. Tendrá veinticuatro horas exactas (ni un minuto más) para traerme una noticia, lista ya para aparecer en primera plana en caso de que la considere merecedora de ello. Si esa noticia es interesante, es original, es fresca, ¡la contrataré y la mantendré trabajando para mí hasta el día que muera!

Bueno, aquello ciertamente no era lo que Bárbara había estado esperando, pero era, literalmente, su última oportunidad, así que la aceptó muy agradecida.

Cinco minutos más tarde estaba de nuevo en la calle, preguntándose de donde podría sacar una noticia. El hombre había dejado bien en claro que no serviría una noticia cualquiera. Necesitaba algo que llamara la atención como ninguna otra cosa, algo único.

Bárbara Ploia cerró los ojos con fuerza y trató de concentrarse. Se esforzó por ignorar el ruido de la ciudad, de la gente, los autos, las bocinas, los disparos, las explosiones. Un día perfectamente aburrido y normal, nada que valiera la pena mencionar.

Tenía que recordar su entrenamiento y mantenerse firme, no podía dejarse distraer por cosas sin importancia. Seguro, el robo a mano armada que parecía estar produciéndose en el banco de enfrente podía parecer interesante, pero quizás no fuera suficiente para complacer a su jefe. Las explosiones tenían mejores posibilidades en ese sentido, pero no había indicio alguno sobre su origen. Por mucho que quisiera investigar esas cosas, no tenía tiempo suficiente para hacerlo como era debido.

Una noticia rápida, algo que no le llevara demasiado tiempo. Algo escandaloso de ser posible, la gente siempre lo encuentra interesante. De ser posible, convendría que fuera algo para lo que no tuviese que recurrir a la policía: La noticia de un caso en progreso era solo media noticia y la gente se aburría con facilidad de los testimonios policiales.

El tiempo corría. Casi podía sentir el tic-tac de un reloj invisible junto a su oído. Necesitaba tomar una decisión y pronto, de ella dependería la totalidad de su futuro. Se imaginó a si misma como la protagonista de alguna de aquellas viejas novelas juveniles con múltiples finales. Ese era el punto en que se le informaba al lector: “Si querés investigar el asalto al banco pasá a la página cincuenta y cuatro, si te interesa averiguar el origen de las explosiones pasá a la página treinta y siete”

Bárbara pasó a la pagina dieciséis. Quiero decir, que eligió una tercera opción. Una tercera opción no muy brillante, pero dadas las circunstancias, no era posible saber si era mejor o peor que las otras. Con paso decidido Bárbara Ploia se acercó a un hombre que contemplaba inocentemente el cerco policial alrededor del banco, lo agarró por el cuello y le habló en tono autoritario, firme.

-¡Déme una noticia!- le gritó en realidad en un tono autoritario y firme.

El hombre, que se veía bastante pálido por el susto y quizás estuviese teniendo algunas pequeñas dificultades para respirar, la miró con ojos incrédulos. Cuando comprendió que no iba a dejar de estrangularlo torpemente hasta que respondiera, habló como pudo.

-Están robando el banco

Fue un buen intento, la verdad, uno pensado para satisfacer a personas razonables en circunstancias razonables. Lástima que ni aquella periodista ni sus circunstancias de entonces tuviesen nada de razonable. La mujer presionó más fuerte al hombre con la mirada… y también con las manos en torno al cuello, accidentalmente claro está.

-Hubo un choque en cadena frente al hospital, hay muertos.-Trató el pobre hombre.

Eso tampoco servía.

-¿Hay una… exposición de gatitos?- trató sin demasiada confianza y la presión en su cuello se incrementó- ¡Pará no me mates! Dicen que el director de la exposición tiene tratos criminales con la mafia- De más está decir, que esto último era totalmente inventado ¡Pero sonaba tan interesante!

La mujer ni siquiera fue consciente de soltarlo, ni se dio cuenta cuando el tipo salió corriendo.

-Conseguiré esa noticia- Se dijo decidida, en voz alta, mientras una docena de personas la miraba- Y cuando lo haga me contratarán y me pagarán. Entonces usaré ese dinero para comprar comida y ¡al fin comeré de nuevo!- No pudo evitar reír con todas sus fuerzas,  haciendo que la gente se alejara lo más pronto posible de semejante demente.

Fue fácil encontrar el lugar de la exposición para una periodista tan capacitada. Los brillantes carteles de neón ayudaron bastante. El sonido de miles de maullidos simultáneos, tan ruidosos que se oían a varias cuadras de distancia, aún sobre el ruido de las explosiones, fue otro factor importante. El hecho de que estuviese rodeada de periodistas hambrientos de noticias resultó, en cambio, una sorpresa.

Aparentemente, todos habían estrangulado al mismo viejo, quiero decir, todos habían tenido la misma brillante idea. Eso, o todo el personal competente estaba entretenido con el asalto al banco y habían mandado acá al resto. Parecía que no dejaban entrar a nadie, lo que significaba que, si ella lo lograba de algún modo, obtendría una primicia.

Los guardias eran tipos duros, más semejantes a gorilas que a un ser humano en su apariencia. Su sola presencia mantenía alejados al resto de los periodistas, que los observaban con desconfianza. Tenían unas armas enormes, de aspecto tan amenazante como el de sus dueños. Si eso que se veía en el suelo eran marcas de bala, quedaba probado que no dudaban en disparar. Eran, lo bastante idiotas como para obedecer ciegamente sur ordenes, aunque lo bastante listos como para jalar del gatillo.

 Bárbara Ploia observaba con detenimiento el edificio de la exposición de gatitos, buscando alguna debilidad, algún punto de acceso que no estuviese tan fuertemente resguardado. Estaba tan concentrada que no se dio cuenta de que alguien la llamaba agitando los brazos y gritando su nombre.  O Prefería fingir que no lo notaba, a fin de que no la asociaran con un individuo tan ruidoso. No quería, no podía causar una  mala impresión a esa altura del asunto.

Pero el hombre que la llamaba, un joven rubio con cara de idota, fue de lo más insistente. Tan insistente que, contra toda probabilidad, logró abrirse paso entre la multitud y llegar hasta ella.

-¿No me conoces?- Preguntó- Soy yo Benja ¡Fuimos juntos al colegio!

Bueno, Bárbara ya no podía seguir fingiendo distracción, no sin alegar demencia al menos. Tal vez aquel viejo conocido, del que no recordaba demasiado, pudiera contarle un poco de que se trataba todo aquello. Qué raro, le parecía que el otro no había estudiado periodismo, pero su memoria podía fallar.

-¡Benjamin!- le llamó por su nombre completo- No te había visto ¿Cómo andás?

El otro dijo encontrarse bastante bien, se había graduado como periodista hacía poco y esa era ya su tercera noticia de cierta importancia. Bárbara resistió el deseo de matarlo ahí mismo, como una persona civilizada y lo felicitó por su éxito. Se enteró de que la mal llamada exposición no estaba abierta al público en general, sino solo a un selecto grupo de amantes de los gatos.  Sólo era posible entrar si estabas en la lista y era esa una lista increíblemente corta.

Por supuesto, la prensa esperaba afuera para interrogar-entrevistar, quiero decir- a quien quiera que saliese del edificio tan pronto lo hiciera, pero no podrían obtener información directa.

Eso no iba a resultar. Necesitaba más información de la que pudieran darle un testigo, tenía que conocer los detalles más oscuros, más secretos, más incriminantes de lo que allí sucedía. Necesitaba entrar y tenía un plan.

-tomó aire y gritó a todo pulmón- ¡técnica periodística: doble distracción!- Con eso consiguió que todos la miraran, bien. Señaló a un punto a sus espaldas y gritó otra vez- ¡Miren! ¡Un ovni!-

Mientras los periodistas muertos de aburrimiento se daban vuelta para ver, Bárbara Ploia arrojó una bolita al aire, a plena vista de los guardias. Estos no pudieron evitar seguir con la mirada aquel pequeño objeto brillante y ella aprovechó para entrar pasando por el pequeño hueco entre ellos. Aquello no fue tan difícil, puesto que a esta altura ella era casi toda piel y huesos, muy compacta, por así decirlo.

Estaba adentro.

El sonido de los maullidos se intensificó hasta volverse demencial; Demencial para alguien cuerdo.  Los animales estaban todos encerrados en jaulas pequeñísimas, en condiciones que pondrían de un humor bastante homicida a los de la sociedad protectora de animales. Bárbara tomó nota de esto y sacó algunas fotos, con una cámara que había logrado robar antes de entrar. ¿Dije robar? Quise decir que la había tomado prestada y que la devolvería tan pronto y como tuviese dinero para una propia, o cuando le diera gana.

No se veía mucha gente, pero de todos modos convenía avanzar con cautela, para no alertar a nadie de su presencia. Recorrió los largos pasillos con pasos rápidos pero silenciosos. Tuvo oportunidad de observar a uno o dos de aquellos amantes de los gatos, pero, puesto que no estaban haciendo nada interesante, no se acercó a ellos. Lo que quería era encontrar al líder con las manos en la masa, o mejor aún, conseguir pruebas de sus actividades delictivas.

De pronto se oyó un grito más agudo aún que los maullidos de los gatos.

-¡Técnica secreta: Patada de secretaria!- y donde segundos antes había estado la cabeza de Bárbara, ahora solo quedaban los restos derrumbados de una pared de concreto. Dicha pared de concreto había sido demolida de una patada por una secretaria, una joven secretaria que no debería haber sido lo bastante fuerte para eso. Pensándolo bien, nadie debía ser lo bastante fuerte para eso.

La secretaria, pequeña y con anteojos enormes, se sacudió los escombros de encima sin ninguna dificultad

-¡Identifíquese!- Ordenó al tiempo que sacaba una pluma de su bolsillo y  la sostenía en actitud amenazante. Algo bastante difícil de hacer con una pluma.

Ante semejante susto, nuestra heroína no pudo menos que sacar pecho y decir-¡Bárbara Ploia: Periodista pelirroja!

-No se permite la entrada a periodistas- explicó la secretaria sin sonreír, ni parpadear, ni mover el rostro más allá de lo mínimo necesario.

-Yo…, eh, no sabía- Mintió Bárbara mientras se alejaba lentamente de la secretaria sin darle la espalda, nunca más le daría la espalda a una secretaria.

-No puede irse- La detuvo dicha secretaria.

-o sea que, ya que estoy adentro ¿puedo quedarme?

Esta vez la secretaria si que sonrió, mostrando todos los dientes como un animal salvaje. –O sea- empezó a decir al tiempo que intentaba disminuir la distancia entre ellas- ¡Que no puedo dejar que salgas con vida!

Bárbara ya había echado a correr mucho antes de que la otra terminara su pequeño discurso. ¡Secretarias! siempre parloteando. Aunque había que admitirlo, era la primera vez que la periodista se encontraba con una secretaria capaz de romper el concreto sin ayuda mecánica.

No tuvo demasiado tiempo para sacar fotos o tomar notas, desesperada como estaba por salvarse. Lo único que tenía a su favor, era que la otra siempre anunciaba sus ataques a los gritos.  Debía de ser cosa de secretarias. Nadie se interpuso en su desesperada carrera por la vida, probablemente estuvieran todos reunidos planeando algún tipo de acto criminal. Necesitaba librarse de su perseguidora y pronto.

Un callejón sin salida. La pared a sus espaldas, las jaulas con gatitos llorones a ambos lados y de frente, hay venía la muerte vestida de secretaria. Hubo un nuevo grito y una nueva patada, pero la periodista los vio venir y pudo esquivarlos, aunque solo fuera por unos centímetros. La segunda patada la estrelló contra una de las paredes laterales, y le hizo sentir que todos sus huesos estaban rotos. Tal vez lo estuvieran en serio.

-Nadie nunca había logrado esquivar mi patada dos veces- Dijo la secretaria en un tono extrañamente respetuoso, casi reverencial.-Por eso, como muestra de mi respeto por tus habilidades, te ¡ejecutaré con mi técnica suprema!

Bárbara sabía que tenía que correr, pero no podía moverse. No le quedaban ya más fuerzas para resistir. Si tan solo hubiese podido comer algo esa mañana, o la mañana anterior a esa, tal vez no hubiese estado tan débil.

La secretaria lo sabía y por eso no tuvo en ningún apuro. Revisó tranquilamente sus bolsillos y extrajo de ellos algo que la periodista no llegó a ver.

-¡Técnica asesina: Escritura de la muerte!- Gritó esta vez.

Y arrojó plumas, cientos, quizás miles de plumas contra el cuerpo inmóvil, de Bárbara. Las arrojó sin mirar, o tenía muy mala puntería, puesto que el ataque pareció matar más gatitos indefensos que periodistas. De hecho, aya que no se estaba muriendo, la periodista en cuestión no pudo evitar pensar que no le había dado en ningún órgano vital. Tenía razón, pero de todos modos dolía muchisimo.

Nunca se le hubiera ocurrido pensar que una pluma pudiese incrustarse tanto en su carne, que la tinta pudiera hacerla sufrir tanto al mezclarse con su sangre. Los gatitos maullaban, furiosos ahora, sedientos de venganza.

Bárbara Ploia tenía, una vez más, un plan. Se sacó una pluma que se le había clavado en el brazo, no sin gemir de dolor, para luego  empezar a abrir con ella las jaulas de los gatos. Su oponente parecía demasiado contrariado por su mala puntería como para tratar de detenerla. Fue un error de su parte.

Los gatitos maullaron ominosamente, estirando los músculos a toda prisa, sacudiéndose de encima la sangre de sus muertos. Rodearon a la secretaria sin prisa ni piedad. Sus ojos pequeños ya no resultaban tan tiernos, no a esa distancia, no en tal cantidad. Saltaron como uno y como uno clavaron en la secretaria sus dientes y sus garras.

-¡Ah, quítenmelos, quítenmelos!- Gritó ella desesperada, al tiempo que trataba inútilmente de luchar.

-¡Destrúyanla mis sirvientes!- Ordenó la periodista

- No somos tus sirvientes- Se quejó uno de los gatitos, que miraba la masacre junto a ella.

Bárbara Ploia, demostrando una habilidad casi sobrehumana, retrocedió cinco metros de un salto.

-No somos tus sirvientes-Insistió el gatito en cuanto la periodista se hubo calmado un poco-Pero te debemos un favor por liberarnos. El hombre al que estás buscando se oculta en una habitación  que él cree segura, en el extremo norte del edificio. Sus enemigos han colocado bombas en toda la ciudad, con la esperanza de causarle algún daño. Si llegás hasta él, podrás extraerle tu noticia como te plazca.

La periodista  Ya se estaba alejando cuando oyó que el gatito la llamaba de nuevo.

-Dos cosas me quedan por decir, Bárbara Ploia. Primero, con esto quedamos a mano, no intentes cobrarnos más favores.-Movió la cola con furia al decir eso y realizó un gesto bastante comunicativo con sus garras-Segundo, periodista, no estás yendo hacia el norte, sino hacia el sur. Vas en la dirección contraria.

Bárbara le agradeció a los gatitos por su ayuda y salió corriendo, esta vez si en la dirección correcta. Mientras más pronto terminara con esto, más pronto podría recuperar la cordura. Todo el mundo parecía estar loco ese día, nunca había odio hablar de nadie que, para matar a una persona, pusiera bombas en toda la ciudad.

La periodista se desvió un poco un par de veces, las explosiones, cada vez más cercanas, habían derrumbado algunas partes del edificio. El hambre y el cansancio, sumados a un sentido de la orientación realmente malo, la demoraron por más de media hora.

Finalmente, llegó a su destino. La puerta que le bloqueaba el paso hubiese parecido más apropiada para la bóveda de un banco que para una oficina improvisada. Un par de gorilas, casi idénticos a los de afuera, yacían muertos a ambos lados, semisepultados  bajo una montaña de escombros. A juzgar por el grado de destrucción en el área, ahí también habían explotado varias bombas. Solo que no habían sido suficientes para derribar la puerta. Sin embargo, esta estaba tan fuertemente que, si algo más la golpeara podría caerse, algo como…

-¡Patada de secretaria!-Co ese grito volvió a entrar en escena la secretaria, tratando nuevamente de pulverizar a Bárbara de una patada.

Nuestra noble heroína, cansada como estaba, no pudo esquivar del todo el ataque, la fuerza del cual la tiró a la habitación cerrada, a través de la puerta blindada.

Lo primero que notó fue que su objetivo estaba muerto, tirado en el piso, decapitado. Algún asesino había alcanzado al organizador de la exposición de gatitos antes que ella. No tendría su noticia. Iba a morir. Aunque al menos tendría una muerte digna, si es que “asesinada por una secretaria sobrehumana” puede considerarse una muerte digna.

La secretaria entro lentamente en la habitación. No le había ido muy bien en su pelea con los gatitos, su cuerpo entero estaba bañado en sangre, principalmente la propia. Había perdido un brazo, el izquierdo y una herida enorme le recorría el estómago. Había tratado lo que podía con lo que tenía, principalmente papel de oficina y cinta adhesiva.  No se veía nada feliz.

Ante la cercanía de la muerte, Bárbara Ploia creyó oír una voz que le hablaba

-¡No te rindas!- Le dijo la vos- ¡No Cuando estás tan cerca de lograrlo!

-¿Quien sos?- Preguntó Bárbara en voz alta. Se lo preguntó a la vos, pero la secretaria, pensando que se dirigía a ella, empezó un largo monólogo sobre la historia de su vida.

-Soy tu estómago Bárbara-Respondió la voz- Tu pobre estómago vacío. Pensá en cuando fue la última vez que comimos algo, o que dormimos bajo techo, o que vimos siquiera una moneda. Sacá fuerzas de tu dolor, de tu hambre, ¡de tu periodismo! Tenés que haber aprendido algo en la facultad que pueda sacarte de esto. No pierdas la esperanza, podemos encontrar toda clase de documentos escondidos en este lugar ¿Por qué si no lo tendrían bajo llave? Mientras tengamos alguna prueba, tendremos una noticia.

Bárbara Ploia recordaría por siempre que su estómago era más optimista que ella.

Reaccionó, sacaría fuerzas de donde hiciera falta, ya estaba acostumbrada. La secretaria seguía hablando de su vida, explicando cómo, legalmente, se había cambiado el apellido a “secretaria” como signo de compromiso con su trabajo. Seguía respondiendo al “quien” ¿Quien? ¡Era eso, con eso podría salvarse!

Desde su lugar en el suelo, Bárbara Ploia gritó

-¡Técnica periodística: Las cinco preguntas!

La secretaria se calló y se quedó un rato mirándola sin saber qué hacer. Antes de que pudiera recuperarse, sufrió un nuevo ataque

-¿Qué?- Gritó, o más bien tosió, la periodista

-¿Qué que?- Quiso saber la secretaria

-¿Qué te pasó? Estás más muerta que viva

Y de nuevo se puso a hablar, explicando que los gatitos habían sido alterados genéticamente como parte de un proyecto para crear armas biológicas, que eran por eso mucho más agresivos y peligrosos… Y la periodista, sin creer su suerte, lo estaba grabando todo.

-¿Dónde se llevó a cabo la investigación? ¿Cuándo comenzaron el proyecto? ¿Qué esperaban ganar de todo esto?

Con ese triple combo de preguntas clave, la secretaria quedó abrumada y ya no pudo hacer más que responder y explicar, mientras la periodista lo registraba todo. El único problema, era que Bárbara Ploia seguía sin poder moverse del suelo, ya no le quedaban más preguntas y algún día la otra se quedaría sin información. Un ataque como ese no funcionaría una segunda vez.

Ocurrió antes de lo esperado, la secretaria reaccionó de repente y vio la grabadora. Saltó empuñando una pluma, afilada, letal. Era demasiado rápido, no había nada que pudiera hacerse, no había forma de salvarse.

El sonido de un disparo, luego otro y otro más. Seis en total, todos dieron en el blanco. La secretaria cayó al suelo y se quedó ahí. Benjamín estaba en la puerta, con el revólver en la mano aún humeante.

-Pero ¿Qué? ¿Cómo?- Empezó a preguntar Bárbara Ploia, que a esta altura, no entendía nada.

-¿De verdad no te acordás de mí Bárbara?- Quiso saber el hombre- Siempre te dije que quería ser policía. Estaba trabajando encubierto para conseguir evidencia con la cual arrestar a ese tipo-Señaló el cadáver en el suelo- Aproveché para entrar cuando distrajiste a los guardias.

¡Ahora lo recordaba! El idiota de Benjamín siempre la cargaba, así que no se había esforzado mucho por recordarlo. Se había alegrado de que estudiara una carrera distinta que la suya. Al menos eso debería haberlo recordado. Pero solo importaba una cosa, Benjamín creía que eran amigos y estaba en la policía ¡Podía exprimirle más información para su noticia!

Así, la secretaria fue capturada, Bárbara Ploia consiguió su noticia y su trabajo, donde tendría muchas más aventuras como esta, muy a su pesar. Tenía trabajo, dinero y hasta podía dormir en la oficina. Todo estaba bien excepto que…

En una isla a mitad del pacífico, empleada como prisión para los más terribles elementos de la sociedad, se escuchó un grito

-¡Patada de secretaria!

Y el concreto se rompió una vez más y bajo la luz de la luna, una secretaria juró que obtendría su venganza. Algún día, cuando fuese más fuerte, ella y aquella periodista volverían a encontrarse.

FIN.

 Bueno, espero que les haya gustado. El final probablemente lo podría haber trabajado más, que no pareciera salir tan de la nada. Si les parece que queda muy mal, siempre puedo arreglarlo un poco más tarde. Espero haberlos hecho reir un rato.








jueves, 24 de mayo de 2012

Serás asimilado

El siguiente es un registro del intento de asimilación del sujeto conocido como HARRY, llevado a cabo en mayo del presente año.

Guerra psicológica

autor: santiago gjuratovich

Comenzó con una frase, no, con una sola palabra. Pero no entenderían nada si empezamos ahí, me estoy adelantando. Supongamos entonces que empezó con una conversación en el chat, tarde en la noche.  Un par de mensajes cortos habían sido ya intercambiados, nada importante.  Uno de los interlocutores, supuestamente el mayor, había empezado a hablar de lógica.

Dos estudiantes hablando de lógica nunca llevan a nada bueno. Especialmente si dichos estudiantes no tienen idea de lo que significa la lógica. Uno o dos chistes fueron intercambiados, falsas amenazas, argumentos que sabían que no tenían sentido.

Uno de ellos cometió un error, una pequeña distracción. Seguramente era eso, nada más. No podía haber un “nosotros” del otro lado, como había sugerido su frase. Solo un accidente.

El otro, rápido para capitalizar en su desliz y retomando una conversación anterior, celebró su supuesta locura.

-Creo que después de todo pude romper tu mente- lo cargó- teniendo en cuenta que ya te tengo hablando en plural.

Pero la respuesta fue extraña, inesperada. No sabía si tomarlo en serio. Parecía que seguía con el chiste pero había algo raro, un tono de amenaza que no estaba ahí antes. No tenía razón para sospechar de nada, ni para asustarse por nada. El otro estaba, si bien en las misma ciudad, a más de diez cuadras y era tan despistado que probablemente no pudiese recordar donde vivía.

Pero iba a probarlo, por las dudas. Intercambiaron una par de comentarios más, siempre en broma, pero algo parecía distinto, la actitud de ambos más reservada que hasta entonces. Por momentos, el otro parecía burlarse de él y de sí mismo con una ferocidad insospechada hasta entonces.

Cuando volvieron al tema de la fe, que habían tratado antes, sin darle demasiada importancia, el ataque del otro se volvió más pronunciado. No era para sorprenderse, su propia actitud tampoco había sido tan amable, pero le resultaba extraño en esa persona. La pregunta que hacía también era rara, así que optó por salirse por la tangente.

El otro hizo lo mismo. Listo, todo normal otra vez, solo había sido una broma llevada demasiado lejos. No había razón para sospechar. No había razón para dejar de bromear. Un par de chistes más, o al menos, un par de cosas que parecían chistes fueron intercambiados.

-lee el libro. Únete a nosotros- dijeron ellos. No, no ellos, él, el otro. ¿Así que ahora quería fingir ser un colectivo tratando de absorber al individuo rebelde? Bien, podía jugar con eso.

- ¿para que ser parte de un nosotros anónimo si puedo ser un enemigo público?- Le dijo entonces, seguro de acorralarlo en una esquina.

-Somos públicos Harry. Somos él público que aplaude que ríe que llora con la obra. Pagamos la entrada compramos todos los asientos. Actuá para nosotros Harry!

Eso tenía que ser alguna clase de chiste. Uno bastante bizarro, pero un chiste a fin de cuentas. ¿Entonces porqué lo ponía tan nervioso? Era lo más estúpido que había oído nunca y sin embargo, por un momento no pudo evitar imaginarse en un enorme escenario, uno donde era el único actor y copias exactas del otro ocupaban todos los asientos, expectantes. Podía sentir el peso de sus miradas por encima de él, el crujir del suelo de madera en el escenario, las luces intensas de los reflectores le molestaban los ojos. Pero al mismo tiempo, había en eso una cierta sensación de poder, tos lo miraban, todos le estaban prestando atención.

Embargado, quizás por dicha sensación, envió una respuesta de la que no recordaba prácticamente nada, solo que la había escrito. La respuesta del otro fue aún peor que la anterior.

-Nosotros no nos obviamos Harry. Somos nosotros, todos nosotros, los que estamos acá, de este lado. ¿Todavía no lo has entendido? Somos el mundo y no sos parte de nosotros. Estás solo.

Bueno, eso se estaba poniendo raro. Por un momento, tuvo un repentino ataque de paranoia y volteó a ver si alguien detrás de él. Nada.

Desvió el tema otra vez hacia zonas más seguras, pero el otro seguía insistiendo sobre las mismas zonas, seguía presionando. Por momentos, lo hacía dudar de su propia cordura. Había algo amenazante en ese nosotros que remplazaba a su interlocutor original, algo inhumano.

- para mí no.- le respondió a aquel nosotros ante una pregunta igual a todas las otras.

Porque como yo no formo parte de su ustedes, ustedes no forman parte de mi yo

No hay lugar para todos en mi yo

Apenas solo yo y mi otro yo.

Listo, eso debería advertirles, en caso de que fueran lo que pretendían ser, la última línea serviría para decir que todo era una broma si se había equivocado. Seguramente era eso



-Pero te recordamos Harry, y tenemos lugar para vos. Fuiste parte de nosotros en un principio, no lo olvides. Te recordamos, sabemos cómo crees pensar. Nosotros pusimos esas ideas ahí, esos recuerdos. Tu existencia es solo una enorme ilusión

No. No podía ser cierto, sabía que si empezaba a cuestionarse ahora dudaría de todo y de todos. El otro solo estaba tratando de meterse en su cabeza, como él mismo había intentado en un principio. Era mucho menos agradable ser la victima que el victimario. Si se tranquilizaba un poco y veía el mensaje con más objetividad notaría que no había nada preocupante. Por mucho que sus instintos le gritaran lo contrario. Seguiría el juego.

-de nuevo, se están equivocando. Su existencia es una ficción, producto de mi mente. Yo estoy solo, como bien dijeron porque yo determine que así lo pensaran

Yo estoy solo, en una habitación y escribo el resto.- Por un momento, casi deseó que fuera cierto. Se vio forzado a agregar más- el mundo, el universo, todo fuera de esta habitación, todos sus nosotros, no existen fuera de mi cabeza y de mi papel están confinados, lamento informarles.

El mismo no habría podido decir si aquello seguía siendo un juego. El otro probablemente tampoco. Por un momento casi temió que algo de aquello fuera cierto, que aquel nosotros no identificado, incomprensible, existiera de verdad. O quizás que el otro y también el mismo, estuviesen librando una batalla por la cordura, más que la vida. El mismo no habría podido decir quien estaba ganando. El otro probablemente tampoco.

-¿En dónde descansa su certeza de saber?- Preguntó, aunque la pregunta era quizás más para sí que para ellos.

 -En una manzana- Le respondieron- Un manzana redonda.

 Era extraño, habían hablado sobre manzanas e incluso se habían peleado por la lógica de una. Pero no así, no de ese modo. Era como si algo o alguien hubiese tomado todos los elementos de su amigo y los hubiese cambiado de lugar, los hubiese corrompido o alterado de alguna forma. Era como encontrarse con un conocido en un sueño, uno los reconoce, pero no actúan como ellos. Pero claro, no podía soñar y al mismo tiempo estar consciente.

-La inconsciencia está bien.- Le dijeron ellos, habiendo leído su pensamiento.- Hace rato que estás inconsciente, vas camino al hospital. Suerte con tu operación, la herida se ve grave.

¿Por qué tenían que decir eso? ¿Y por qué tenía que empezar a dolerle el estómago tan fuerte justo en ese momento?  Odiaba las operaciones, la última vez casi se había agarrado a golpes con el cirujano. Si cerraba los ojos, si lo hacía aunque solo fuera un instante, sentiría el ruido de la camilla avanzando a toda prisa, la incesante charla de las enfermeras, los susurros preocupados de los doctores.

-El hospital no existe, la herida no existe ¡Y ustedes tampoco!- No importa si lo gritó lo murmuró o simplemente lo pensó mientras golpeaba el teclado y arrojaba el monitor por la ventana. En un parpadeo, los otros ya tenían su respuesta frente a él.

-Estás sangrando, Harry.

Y fue una realidad. Sintió más de lo que vio, como aquella herida se abría en el medio de su estómago, como el suelo se inundaba de aquella sangre de un rojo brillante. Sangre roja y brillante como una manzana. Incluso podía ver el charco que formaban en el piso, sorprendentemente pequeño.

No, miró bien. Se dio cuenta y cuando lo hizo, el dolor desapareció.

-No es sangre- Les dijo- Son cascaras de manzana, de una manzana roja.- y fue cierto.

-¿Y qué importa que no existan? No te creas a salvo de las cosas que no existen.

Harry decidió que no volvería a comer manzanas rojas, solo verdes.

Si algo no existe esta fuera de toda consideración

Si existe la posibilidad o la creencia de que algo que se cree que no existe puede o pudiera existir, es otra cosa

Si no existe y no existe esa posibilidad o esa creencia, no hay nada que hacer.

Ese fue su razonamiento, su idea, su mantra y su plegaria. No recordaría más tarde si lo había escrito o no, pero de todos modos fue respondido.

- en efecto, no hay nada que puedas hacer.

Salvo rendirte.

Rendirte ante la manzana, el hospital y tu herida.

Todo fue así siempre y siempre lo será.

Lo lamentamos en verdad.

Siguió la rebelión, la exaltación del valor y de la individualidad. Hasta que cometió un error, una falta ortográfica poco frecuente.

-Ya estás cambiando tu idioma por el nuestro- Lo celebraron ellos, quienes quiera que fueran. – ¿Tanto olvidaste creyéndote lejos de nosotros? -Le preguntaron luego.

Si esto continuaba iba a enloquecer, o a quedar completamente paranoico Tenía que terminarlo de algún modo.

-¿Qué te parece si terminamos de una buena vez con las oraciones circulares?- Necesitaba la verdad, necesitaba saber que era lo que estaba pasando, necesitaba…

-Está bien, ya empezaba a dolerme la cabeza- Confesó el otro.

¿Así que había sido todo una broma? ¿Solo un acto que se había salido de control sin que se dieran cuenta? Costaba trabajo creerlo, después de lo que había pasado, pero el otro se desconectó antes de que pudiera hacerle más preguntas. Tal vez había sido en parte efecto del sueño, hacía varias noches que no dormía bien.

Le dolía la panza y habría jurado que tenía en ella una marca roja similar a una herida que no terminaba de sanar. Pero si era eso real o no, no habría podido decirlo él, ni los otros tampoco.

FIN.
¿que les pareció? La idea que tuvimos con Harry fue la de tomar una conversación bastante loca que tuvimos en el chat y ver si podíamos hacer con eso un texto literario. El hará su propia versión, esta es la mía. Espero que la hayan disfrutado.

miércoles, 23 de mayo de 2012

Algo tenía que escribir.

Bueno, ya lo dice el titulo de la entrada, hacía tiempo que no podía escribir nada, aunque sentía la necesidad. Así que, pensando un poco en como me costó la consigna de la caricatura y pensando más aún en lo frustrante que era no escribir nada, salió esto. No lo lean, es terrible. Solo lo subo por costumbre. 
MOTIVACIÓN Y DESMOTIVACIÓN. O TAL VÉS AL REVÉS.

Escrito por un escritor.

¿De que sirve vomitar ideas sobre el papel? Es un ejercicio inútil, no sé qué hacer con ellas de todos modos. Voy a morir. Puesto que no tengo fe en nada ni en nadie, puesto que no creo siquiera en mí mismo, la única certeza que tengo es que voy a morir. No sé cómo, no sé cuando, pero eso no lo hace menos cierto.

Todos vamos a morir, no sería saludable querer convencerse de lo contrario. No importa cuanto poder adquiera, cuantos recursos reúna, tarde o temprano voy a morir como cualquier otro. Pero no quiero. Este pobre cobarde que está asustado de todo el mundo también le tiene miedo a morir.

¿Qué sentido tendría que acabe alguna vez? Si de todos modos voy a desaparecer, ¿para qué me servirán todas las cosas que haya hecho? Ni siquiera como recuerdo perdurarán mucho tiempo. No veo nada en mi futuro, nada excepto la muerte. No me es posible imaginar otra cosa, no me siento capaz de hacer absolutamente nada con mi vida más que esperar hasta que se acabe temblando de terror.

Tengo miedo, y siempre lo he tenido. Miedo de mi mismo y del propio mundo, de las personas que conozco y de los extraños, miedo a las alturas a la noche al ruido al silencio, la verdad las mentiras la traición el dolor. Tengo miedo de todo lo que existe. ¿Qué puedo hacer yo contra un mundo tan terrible? Yo, que no logro ni siquiera simular una sonrisa.

Voy a morir, lo sé. Me gustaría saber algo más, o creer que lo sé- Me gustaría esperar algo más, pero no se qué. Ni siquiera me conozco a mí mismo y no sé cómo tratarme, no sé lo que quiero, salvo querer algo.

Sé que tengo un nombre, me agrada bastante, tengo familia, tengo amigos y conocidos, personas a las que pienso en relación conmigo. Pero no sé qué pensar de mí. Nunca lo he sabido y no creo que un ejercicio de deducción sirva de mucho. Dime con quién andas y te diré quién eres es bastante inútil,  especialmente aplicado a uno mismo.

No sé si tengo algún deseo, no sé realmente si hay cosas que quiero y cuando les quiero, me es difícil darme cuenta. ¿Quiero realmente ser un escritor o solo estoy copiando el sueño de otros, imitando como la imagen en un espejo? ¿Qué opino de la carrera de docente, profesión que seguramente terminaré ejerciendo?  No lo sé, no lo sé, no lo sé, ¡no lo sé!

Quiero ser escritor, creo, pero no estoy seguro de cuáles sean mis razones, o de si es algo más que la copia de un sueño. Me gusta escribir, cuando no me la paso bloqueándome a mí mismo, cuando el texto fluye con facilidad, cuando siento que pudiera hacer cualquier cosa en el mundo aún cuando sé que no es cierto.

Bien, he sido conmigo demasiado cruel según parece, tengo un sueño al que me aferro como si fuera mi única esperanza de salvación. Vista su intensidad, no puedo decir que no sea mío, no podría decirlo aún si ese exactamente fuese el sueño de todo el mundo. Pero era una crueldad necesaria, no podía darme cuenta de otro modo.

No sé si quiero ser profesor o casarme o siquiera formar una familia. Sé lo que se espera de mí pero, realmente, no sé que espero yo de mí. Parece estúpido preocuparse por esas cosas antes de tiempo, pero el tiempo es justamente el problema. Temo que en algún nivel me he estado saboteando, he tratado de ganar tiempo retrasando la carrera. No quiero tener que responder a esas preguntas. No quiero seguir como estoy, ni quiero que nada cambie.

El futuro me asusta, el fracaso me asusta. La vida no se va volviendo más fácil y, si uno piensa cada etapa como preparación para la siguiente, no creo estar listo.  No me siento preparado para valerme por mí mismo, no siento que pueda hacerlo, incluso si una voz en mi cabeza me recuerda que, hasta cierto punto, ya lo estoy haciendo.

Si un examen no me deja dormir ¿Cómo voy a estar cuando tenga una entrevista de trabajo? Si a veces me cuesta hablar con mis amigos ¿Cómo espero hablar con los montones de desconocidos con los que tendré que tratar, aunque sea en calidad de empleado, maestro o simplemente cliente?  Si yo no puedo creer en mí mismo ¿cómo puedo esperar que otros lo hagan, incluso si esos otros son una clase de treinta con sus propias inseguridades, sus propias dudas?

No sé cocinar, y sé que es absurdo quejarme de ello cuando gente más capacitada que yo tampoco sabe; cuando en realidad sé un poco, aunque solo sea sacar los fideos antes de que se peguen. No sé hablar, no puedo formar un argumento coherente aun si mi vida depende de ello, ni tampoco conversar con alguien que desconozco. No puedo ni reparar nada ni darme cuenta de cuando el técnico me está estafando. 

No puedo creer en mí mismo, ni puedo dejar de dudarme, ni puedo parar de golpearme. No sé cómo lidiar con la ira o la frustración. Peor aún, parte de mí quisiera desquitarse con otros, o sobre otros, pero como no puedo a otros porque eso está mal, me lastimo a mí. No hay nada de malo en lastimarme a mí, todo el mundo lo hace, soy demasiado sensible, demasiado débil. Es como pisar a un insecto, la gente ni siquiera se da cuenta.

Quiero ser más fuerte. Quiero ser alguien en quien pueda creer.

No sé quién soy. Mis deseos inmediatos se limitan a lo más básico. Quiero poder, y un conjunto de habilidades que puedan ayudarme. Quiero confianza para no trabarme yo sol. quiero escribir, quiero escribir cada día de mi vida aunque solo sea pare entenderme un poco, quiero ganar plata y ganarla escribiendo, quiero vivir escribiendo y vivir de ello. Quiero ser un gran escritor y quiero que me aplaudan, aunque solo sea por que les gustó un cuento que escribí alguna vez, incluso si son solo un par de personas. Quiero escribir, y si lo hago por gloria o dinero o fama o poder o porque me gusta, no veo razón alguna para rechazar ninguna de esas razones, para dejar de creer en alguna de ellas o decirme que no es correcta.

Sé quién soy, soy un escritor. Y que eso no suene como una puerta cerrada o como una condenación, no quiere decir que no pueda ser otras cosas sin dejar de ser esta, ni que no quiera ser ninguna otra cosa. Pero por el momento, no puedo pensar en nada más, para bien o para mal, esto es lo que hay.
------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------
Asumo que han dejado de leer llegado este punto. Bueno, si no lo hicieron, ya está, se terminó. Je, arranqué a escribir bastante bajoneado, pero admito que escribir siempre me relaja, así que a partir de más o menos la mitad del texto, tuve que esforzarme para continuar más o menos con la misma atmósfera. Hay que conservar una cierta continuidad ¿saben?